lunes, 19 de diciembre de 2011

Canto del guerrero y la cueva del valor.




¡Descanso primero! 
Sentado entre la espesa niebla que me rodea, no he podido palpar nada alrededor mío, más que el frío condensando rápidamente mi transpiración, congelando mis músculos, penetrando muy fácilmente por los pocos harapos que traigo. Me siento adolorido por la extenuante batalla que sostuve en los altos calabozos de la montaña tratando de huir, no había parado de correr incluso hasta después de entrar en esta cueva, creo que tenía dos opciones en aquel momento, seguir luchando contra mis enemigos con espada en mano o huir por el único camino que quedaba entre la torre de los calabozos y el acantilado.

¡Descanso segundo!
El terror me había obligado a huir por esta miserable cueva oscura y que además arroja un fétido hedor a podrido, entiendo porque los esbirros que me tenían prisionero durante tanto tiempo no me siguieron hasta aquí, incluso después de correr por varios túneles sin dirección, me siento más agotado de lo que nunca estuve en mi vida, aquellos esbirros han sabido que mi destino aquí es peor que soportar más tiempo ser su prisionero.

¡Descanso tercero! 
Inseguro de qué hacer me había sentado para tomar un poco de aire, envainé mi espada en su funda y arrojé el escudo a mi costado, no podía escuchar nada, y no podía ver; tal vez la noche ya se haya ceñido sobre el mundo, o tal vez me haya adentrado cegado por mis miedos a lo más profundo de éste laberinto que me aprisiona, lo único que lamento es mi cobardía, he deshonrado mis costumbres guerreras, y he olvidado por completo el honor de un caballero en la lucha, donde se tienen solo dos opciones en batalla. Vencer o morir.

¡Descanso cuarto!
Tal vez por el encierro inoportuno que tuve, ya hace tres años, bebiendo agua estancada y pan mohoso, o avena cocinada con carne de ratas y engrudo, día tras día, mi mente fue olvidando todo, de dónde vengo, a donde voy, la suave brisa matutina y el perfume de mi amada, sin comida y sin agua, sin nada más que una pesada armadura, armas y esta inmensa oscuridad y silencio, ya que ni el eterno recuerdo de la tortura en los calabozos, los látigos, los golpes, el frío y  las penumbras entre grandes bloques de piedra y acero, se comparan con ésta oscuridad, lo que más pesa en éste momento es algo que había olvidé durante mucho tiempo. Mi pasado.

¡Descanso quinto! 
He caminado arduamente durante horas y mis pesadas botas se arrastran por el suelo, como las veces que remolcaba con mis manos sangrantes sacos de piedras en las minas junto a otros esclavos; mas lo único seguro en éste momento es que estoy totalmente perdido y solo, a veces incluso extraño los relatos de cuentos de dragones que los prisioneros junto a mi celda contaban, incluso hubiera preferido luchar contra uno de ellos en éste momento, volver a luchar por algo sin rendirme ni huir nuevamente.

¡Descanso Sexto! 
Parece que he estado andando en círculos, y mi mente empieza a trazar mapas en sus memorias de éste lugar, he perdido la noción del día y la noche, para mí todo el tiempo, es aquel momento cuando en el cielo nocturno no hay estrellas, ni luna y estoy encerrado en mi celda, mi celda de laberintos propios.

¡Descanso Séptimo! 
Mis tripas gruñen como fiera hambrienta y lo único que las he dado de comer son unas asquerosas hierbas que crecen en las paredes de la cueva, al paso del tiempo, su sabor no ha sido tan desagradable como al principio; más repentinamente mi memoria había sacado a flote lo que en un pasado muy lejano fue mi cometido, antes de caer prisionero de los esbirros y entiendo porque lo hice. Me han dado ganas de volver en el tiempo y cambiar el flujo de la historia con algo que me motiva ir adelante y que he encontrado dentro de esta cueva

¡Descanso Octavo! 
Daría mi vida por dar vuelta atrás y luchar contra cien esbirros de los calabozos, la soledad me abruma y la oscuridad me vuelve parte de sí misma, mis pies fluctúan entre cada tramo que avanzo con cansancio y sed, mi memoria me trae vagamente los recuerdos de mi pasado, mi memoria por alguna extraña razón me los ha ido revelando poco a poco, mientras me internaba en ésta cueva.

¡Descaso Noveno!
He logrado ver una pequeña luz azul marino al final de éste tramo del laberinto, me siento totalmente fatigado, pero aquella pequeña luz me da todas las fuerzas de seguir adelante. Sé exactamente a donde me lleva el camino que he de seguir y no pienso dar vuelta atrás, mis miedos y errores, mis decisiones impulsadas por el terror me han traído hasta esta cueva; pero cuánto agradezco haberla surcado y haber llegado a su final. Comprendo ahora cuánto valor guardaba en mi interior, que pese a cada día transcurrido dentro de la cueva, mis músculos se iban debilitando, pero mi espíritu se fortalecía en la adversidad mientras rememoraba lo que dejé atrás por huir. ¡No he de huir más!

¡Ultimo Descanso! 
Mi mente al final oprimió todo cansancio, hambre y sed dentro de mi valor. Y me ha recordado el cometido que tenía y la razón de haber caído en manos de los celadores. Recuerdo que hace muchas lunas le falle a mi amada cuando luchaba contra las abominaciones, dejé que la llevasen por mi falta de voluntad. Poco después, deshonrado caminé por todo el reino, buscando algo que me haga recuperarla, una espada encantada, un poderoso hechizo o una bestia que acabe con aquellas abominaciones y así liberarla.
Llegué entonces hace cuatro años, a las tres torres de los calabozos del reino, cuando un pobre y ceñudo anciano me miró con uno de sus ojos, pues el otro lo tenía tapado por un paño viejo, había leído mi corazón y mis penas, me llevó a su choza y me dió de beber y comer hasta saciarme, no había esperado que aquel anciano tuviera en su poder tales comodidades. Así que agradecido pregunté por su recibimiento.
–Soy alguien que está en deuda con los Dioses – dijo – y he de ayudar a todo aquel que se ayude a sí mismo… ¿Eso buscas verdad?
–Sí – respondí ruborizado por mi cobardía y por haber permitido que las abominaciones se llevasen a mi amada; tras una larga conversación me dijo que había una forma de conseguir lo que buscaba, que él sabía cómo podía conseguir aquella espada encantada, aquel poderoso hechizo y aquella feroz bestia que acabe con mis enemigos – solo debes permanecer prisionero en los calabozos de la torre de los esbirros del rey, hasta que consigas lo que busques…

Desesperado por conseguirlo todo, me entregué, y durante años me había arrepentido de aquella decisión, hasta que decidí escapar; hoy sin embargo, me encuentro aquí, de nuevo por el mismo lugar donde entré hace días en la cueva, agotado totalmente, pero con todo lo que el anciano me había prometido. Tengo una espada en mi mano, que encantada con mi valor derrotará cualquier abominación que enfrente, en mi mente tengo el poderoso hechizo, que con valentía no me permitirá doblegarme ante ninguna adversidad, y dentro mío llevo aquella bestia feroz que con paciencia ha de acabar con mis enemigos.

De nuevo me encontraba frente a los calabozos donde me aguardan los esbirros, movido por mi fuerza de voluntad, no he de fallecer, ya que quedaron en aquella cueva todos los miedos y errores del pasado y comprendí al final, que era eso lo que me pesaba y que si no permito que el miedo me haga presa de mis errores, siempre habrá una esperanza al final del túnel, una leve luz que ha de impulsarme hasta el final cualesquiera que sean las condiciones; así que para despedirme de mis miedos, di un último vistazo a la cueva que me mantuvo oculto y sorprendido vislumbré tras de mí la choza del anciano, llevaba puesto mi armadura y mi cota de malla, el yelmo en mi cabeza y mi escudo en la espalda, en mi mano la espada y algo mucho más poderoso. ¡Mi valor!

Escrito por: Christo Herrera.